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¿Qué pasa si bebo un día?

05/06/2017

Hoy me gustaría hablaros sobre mi relación con el alcohol. Para mi es muy complicado hablar de esto. Es otro de mis grandes secretos. Es como si tuviera miedo a enfrentarme a ello porque está ahí, cada día que pasa.

De alguna forma ha tenido y tiene un gran poder sobre mí al igual que la comida.

 

Yo recurría a la comida para anestesiar mis emociones, emociones, que como ya os he dicho, no sabía controlar, pues lo mismo hacía con el alcohol. Quizás de manera menos recurrente, pero lo hacía y siempre fui consciente de ello y por temor a encasillarme en un adjetivo más fuerte que el de bulímica, fue lo último que acepté en mi tratamiento. 

 

En mi adolescencia bebía y hasta ahí no pasaba absolutamente nada, vamos o eso creo yo. Es cierto que muchas veces cuando llegaba a casa "me daba el bajón" y me ponía a llorar y me venían recuerdos de lo sucedido, del accidente, y me volvían a inundar, a abrumar, a atosigar esa soledad, esa ausencia, esa pérdida, ese ¿dónde estáis?, ese ¿por qué no estáis aquí?, ese ¿por qué me habéis dejado?

Yo tendría aproximadamente 16 años, era una edad complicada y mi cabeza estaba estancada y no podía huir de ese océano de vacilaciones. A la vez, enfadada, terminaba metiéndome en la cama y me quedaba dormida agarrando muy fuerte las sábanas de exasperación.

 

Hasta aquí todo era más o menos normal, pero todo empezó a ser preocupante cuando me fui a estudiar a la universidad. Yo me quedaba muchos fines de semana allí y el trastorno alimentario estaba muy acentuado. El sentimiento de soledad era aterrador y ni siquiera la comida podía atenuarlo. Un día fui al supermercado. No fui a por comida, no. No me hacía falta. En la residencia tenía toda la que quería. Fui a por otra cosa. Me pasó exactamente lo mismo como cuando me metí los dedos por primera vez, no sé que fue lo que me impulsó a comprar esa botella, esa primera botella, la primera de muchas. Tampoco lo recuerdo con exactitud. Sólo sé que llegué a mi habitación, me senté, esparcí todas las fotos que tenía de mis padres y de mi hermano por todo el escritorio, abrí la botella, cogí un vaso de plástico (el que tenía), puse música y comencé a beber. Tomé esa rutina cada vez que me quedaba sola un fin de semana. No mezclaba el alcohol con absolutamente nada. Odiaba el sabor del alcohol, estaba caliente, no tenía hielos, pero me daba igual. Mi fin era lograr un mayor bienestar emocional. Era totalmente absurdo porque estaba limitando mi capacidad de afrontamiento. A cada vaso que bebía, más y más lloraba, más y más era consciente de lo sola que me sentía. Pero a la vez, mejor me sentía, y quería más y más. Me sentía bien, muy bien. Era todo exageradamente incoherente.

 

Así fue como comencé a entrar en un círculo de evasión, perpetuando este "mecanismo de defensa" en el tiempo. He de decir que no siempre lloraba, otras veces bebía y no ocurría. Ocurrían otras cosas como exhibir mi agresividad. Me volvía agresiva, muy agresiva, hasta tal punto de agredir a las personas que tenía a mi lado. Incluso a personas que ni siquiera conocía de nada. 

Bebí en soledad durante años porque producía en mi cierta gratificación momentánea.

 

Está claro que si no tratamos el problema base mediante terapia optaremos siempre por esta conducta como principal alternativa ante adversidades futuras.

 

A día de hoy, tengo totalmente prohibido consumir alcohol yo sola. Debo hacerlo en compañía y de forma muy, muy controlada.

 

He de decir que cuando estoy débil emocionalmente tengo ganas de consumir alcohol en cantidades extremas y, por supuesto, yo sola. Me cuesta aceptarlo y asumirlo, pero es la realidad, mi realidad. 

 

Muchas gracias por leerme,

 

 

Cepeese.-

  

 

 

 

 

 

  

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La historia de una niña de 13 años con trastorno de estrés postraumático en continua lucha de superación personal, búsqueda de la felicidad y motivación para salir del abismo de la bulimia; uno de los trastornos de la conducta alimentaria TCA más comunes. 

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